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martes, 2 de agosto de 2011

Estimado (a) lector(a) una crítica en el diario LA NACION

Espectáculos
miércoles 27.07.2011
La constancia del viento
Pablo Iglesias realiza un montaje inteligente que revisa el género del melodrama
Sábado 09 de julio de 2011 | Publicado en edición impresa
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La constancia del viento es un melodrama con todo lo que ello implica. Un género olvidado o subestimado se sube esta vez a escena para que juguemos y podamos divertirnos con él, mientras nos da una clase magistral de todos sus elementos. No olvida ninguno de sus puntos claves y lleva el clímax a la perfección durante la hora entera.
Tres personajes encerrados en una casa ubicada no se sabe dónde, en un tiempo irreal, imposibilitados de salir al exterior por una curiosa tormenta de viento que se instaló hace mucho y durará mucho más, y que ni siquiera les permite abrir las ventanas y contemplar un poco el mundo. El contexto no importa, todo se reduce a una habitación y a esos tres actores: un matrimonio y su sirvienta, el perfecto triángulo que poco a poco se irá instalando y que no debemos perder de vista.

La música es un personaje más y, fiel al género, interviene en los momentos más dramáticos y anuncia y prepara el parlamento. Así, sube y baja su volumen y genera intensidades que nos remiten a esas novelas clásicas (el melodrama actualmente está asociado a las novelas televisivas exageradas).

Un director inteligente

Todos los detalles están cuidados al máximo. Desde la paleta de colores usada -el blanco representando al bien, el negro al mal y el rojo a las pasiones desenfrenadas- hasta los personajes bien divididos entre buenos y malos con unos nombres que hablan por sí solos: la buena, la sirvienta, está vestida de blanco y se llama María Clara, es la que sufre, la que llora, la abandonada, la maltratada, la santa que soporta; Malva es la malvada vestida de negro, es mentirosa, mandona, finge enfermedades para retener a ese marido, Juan Martín, que no sabe qué hacer: ama a María Clara, pero su deber es estar al lado de Malva y por eso está vestido mitad negro, mitad blanco, y enfrenta esa contradicción todo el tiempo. El rojo aparece en los objetos que son los que movilizan la acción: una carta de amor, un pañuelo, una flor.

Los actores se zambullen en el melodrama y exageran sus pasiones, las resaltan, proponen una suerte de parodia para que podamos distanciarnos del género y reírnos del mismo.

La inteligencia de Pablo Iglesias, el director y dramaturgo de la puesta, es haberse animado a recuperar un género que estaba guardado y no olvidarse de ningún detalle: amnesias, cegueras, embarazos, mentiras, cachetadas, lazos familiares ocultados, asesinatos, muertes que aclaran, venenos, tragedias. Todos los recursos usados sólo en 55 minutos permiten un dinamismo que divierte y mantiene la expectativa para el final que, como todos sabemos, terminará de un modo contundente.

Dramaturgia y dirección: Pablo Iglesias. Interpretes: Clara Virasoro, Cecilia Miserere, Martín Palladito.Actrices asistentes: Gabriela Perisson, Lina Otamendix. Realización de candilejas: Marcelo Tavarone. Diseño de maquillaje y peinados: Gabriel Cabrera. Producción: Grupo Libertad 18. Sala: Buenavía Estudio (Córdoba 4773). Funciones: Sábados, a las 21. Duración: 55 minutos.


Jazmín Carbonell. LA NACION